Rubén Moreira : narco muere pero el negocio sigue

Por Rubén Moreira 

Cuando tenía siete años un día Pablo Escobar, el mayor narcotraficante colombiano de la década de los 80, sentó a su hijo Sebastián Marroquín en una silla y le habló de los peligros de las drogas. Le explicó todos los tipos que había, los colores, los olores y hasta el efecto que provocaban en el cerebro si las consumía. Y lo más importante: le advirtió que la cocaína era un veneno para vender, no para consumir. “Recibí una clase magistral”, relata en charla con un reducido grupo de corresponsales de medios mexicanos, “y me pidió que no cayera en la tentación de probarlas”. La charla tuvo un efecto muy positivo en él, “porque me dio la confianza incluso de que si algún día sentía la curiosidad, se las podía pedir a él. Pero me quitó la ansiedad de descubrir aquello que todo el mundo quiere prohibir. Me generó el efecto contrario, las tenía tan cerca que no eran ninguna novedad”, añade. Y al igual que su padre, sólo consumió mariguana y lo hizo hasta que tuvo 28 años.

Marroquín participó ayer en la Cumbre Iberoamericana de la Creatividad organizada por Naciones Unidas en el centro Niemeyer de Avilés, una pequeña localidad ubicada en Asturias (norte de España). Allí habló del documental en el que ha colaborado Pecados de mi padre, y de lo que fue su vida con el que llegó a ser el hombre más rico y poderoso de Colombia.

Reconoció que le permitió tener una vida de lujos y excentricidades. Pero sólo hasta los siete años, cuando su padre ordenó matar a dos ministros de Justicia de Colombiapor defender la ley que permitía extraditar a narcos colombianos a EU, y él se vio obligado a huir con su familia y “a vivir como un delincuente”, relata.

En su opinión, el narco parece un gran negocio, “pero no lo es”. Porque aunque su padre llegó a ser el capo de capos, eso no le alcanzó para comprar su tranquilidad ni su libertad. “Mi padre murió muy joven, a los 44 años, sin disfrutar de las bondades de la vida, así es la carrera del narcotraficante: a corto plazo se extingue tu vida y la de tus seres queridos muy rápido”, asegura.

A sus 34 años el joven reconoce que los años que pasó junto a su padre fueron de lujos y excentricidades, pero también de mucho miedo. “Aprendí a vivir con él, a controlarlo, ya que fue una constante en mi vida”. Y tras sobrevivir a varios intentos de asesinato, pasar varios meses en la cárcel, dice que lleva 17 años viviendo “horas extras”. De la vida junto a su padre recuerda situaciones tan dantescas como tener 2 millones de dólares en efectivo encima de la mesa, pero no poder salir a la calle a comprar comida por miedo a ser detenidos, que se encontraba en la casa de al lado haciendo un operativo rutinario. “Ello me demostró que puedes alcanzar mucho dinero si entras en la espiral de la violencia y el narcotráfico, otra cosa es que lo puedas disfrutar”.

El 2 de diciembre de 1993, cuando Sebastián tenía 16 años, Pablo Escobar murió asesinado en un operativo policial. Una noticia de la que su hijo se enteró por la llamada de una periodista. “Mi mamá y yo le pedimos mil veces que lo dejara, pero no lo hizo. Él sabía que iba a morir. Todo narcotraficante tiene absolutamente asumido que en cualquier momento va a morir, pero eso no les preocupa. Quieren mucho a su familia pero a veces se alejan y pierden la noción de la realidad y no miden sus actos”, apunta.

Pese a ello, el joven define a Pablo Escobar como “el mejor padre”. Recuerda que siempre estaba presente en sus vidas. “Nos escribía poemas, consejos, y cartas. Y aunque él no los aplicaba en su vida cotidiana ni en su relación con el mundo, paradójicamente era un padre que se preocupaba de inculcar valores humanos muy profundos en sus hijos”. También recuerda su solidaridad con los más pobres. “Con él viví un mundo deslumbrante de lujos, pero también me concienció de las necesidades de los más pobres y me obligaba a acompañarlo con camiones de juguetes y comida para los niños en navidades”.

Marroquín no le reprocha nada. “Todos los reproches se los hice en vida. Juzgarlo es algo que le dejo a Dios”, responde. Y aunque reprueba la vida que llevó su padre, subraya que un narco se hace narco no sólo porque le da la gana “sino porque hay un montón de factores en el entorno que permiten que sea tan exitoso y con la corrupción circundante que llegue tan lejos. Nadie llega tan lejos solo”, asegura.

Tras la muerte de su padre ningún país quiso darles la visa de entrada, ni a él, ni a su madre ni a su hermana. Tampoco México. Pese a no haber cometido ningún delito. “Nos convertimos en apestados”, dice. “Teníamos el virus Escobar”. Tampoco las compañías aéreas les vendían boletos ni los colegios les aceptaban en sus aulas. Tras pasar por Panamá y Nicaragua finalmente, tras cambiar de identidad se mudaron a Argentina, donde Sebastián continúa residiendo con su esposa, que es mexicana.

“Siento mucha tristeza por lo que pasa en México, que está literalmente repitiendo la historia de Colombia”, señala. “Con esta lucha contra el narcotráfico el Presidente Felipe Calderón lo único que está provocando es más violencia”, dice. “Desde hace 30 años en la lucha contra las drogas se vienen aplicando las mismas fórmulas con los mismos resultados: más muerte y más violencia. He visto muchos capos que han sido los responsables del 80% del tráfico de cocaína, como mi padre, que han muerto. Pero el negocio no”, apunta. “¿De quien es la responsabilidad? ¿Hay que salir a matar narcos? ¿Eso soluciona el problema?”, se pregunta. “Realmente no. Simplemente acumulamos más muertos, pero no por el consumo de drogas sino por la pelea por ellas”, asegura. “Es hora de que se busquen enfoques diferentes frente al problema”, apunta. “Mañana podrían matar a todos los capos de una sola vez, pero pasado mañana el narcotráfico seguiría caminando igual”, concluye.

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