Rubén Moreira : Narco ataca a prostitutas

por Rubén Moreira

 

A Viridiana Huerta le dieron ocho balazos y la arrojaron desde un puente hacia el fondo de un canal lateral de la presa Matanguarán, en el occidental estado de Michoacán.

Tenía 19 años de edad y su rostro quedó irreconocible por los golpes de sus agresores.

De todos modos tenía pocas posibilidades de ser reconocida: las prostitutas se cambian el nombre y la identidad para guardar el anonimato que requiere esta profesión que las coloca en el nivel más vulnerable de la expansión del narcotráfico en el país.

Son las “lumpen víctimas” de los criminales de la droga.

Solas, escondidas y despreciadas fallecen violentamente en México 182 trabajadoras sexuales cada mes, 2,184 al año, según el compendio hemerográfico de la asociación nacional Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer.

“Se cree que la muerte de una prostituta es de lo más normal, que se lo merecían”, denuncia Jaime Montejo, activista de una de las organizaciones que analizan, en la Ciudad de México, la vía de enfrentar la incursión del narcotráfico en el oficio más viejo del mundo.

“El problema es que hasta hace siete años no morían con cuernos de chivo (AK47) ni había tantas decapitadas, desmembradas… ahora es con más saña”, agrega.

Narcos se pelan por dominar el medio

Los testimonios recopilados y expuestos en el XIV Encuentro Nacional de Trabajadoras Sexuales revelan que las bandas del narcotráfico pelean el control de las zonas de tolerancia con diversos fines: cobrar derecho de piso, obligar a los dueños de bares y centros nocturnos a vender droga e inmiscuir en el negocio a las chicas como contacto con clientes o como consumidoras.

Algunas veces, las sexoservidoras son obligadas por los narcomenudistas; otras, embaucadas con dinero de “iniciación” en el negocio.

“Llegan a dar hasta 50,000 pesos (unos 4,500 dólares) para que ellas acepten la mercancía y la revendan: ‘chochos’ (metanfetaminas), marihuana y cocaína en piedra”, revela Sonia, una sexoservidora del Distrito Federal.

Sonia afirma que ella se ha mantenido al margen de ese negocio por sus “principios morales”; en cambio, está enterada de compañeras que aceptaron y después desaparecieron sin dejar rastro.

Brigada Callejera cree que las sexoservidoras, que voluntaria o involuntariamente se involucran en líos de narcos, “firman su sentencia de muerte”.

En agosto pasado, fueron ejecutadas en la comunidad de Los Parga, Aguascalientes, las sexoservidoras Lluvia Aguirre, de 18 años; Viridiana Aguirre, de 20, y María Rodríguez, de quienes se supo por testimonios extraoficiales que habían estado involucradas con tres individuos detenidos por el Ejército.

Greici Lizbeth Vargas, una prostituta de 19 años de edad, fue decapitada en noviembre de 2009 después de aportar pruebas en contra de un ministerio público de Cancún, Quintana Roo (sureste), que implicaron a uno de los supuestos sicarios del policía local Miguel Ángel Puch.

Karina Ávalos, de 20 años, fue “levantada” del bar donde trabajaba en Sahuayo, Michoacán, por un grupo de hombres encapuchados y hasta la fecha se desconoce su paradero.

El acoso en los estados mexicanos

Las ejecuciones y desapariciones de prostitutas se concentraban hasta hace unos años en los estados con mayor presencia del crimen organizado: Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Guanajuato, Michoacán y Guerrero.

Frente a esta situación, ellas optaron por huir a otras entidades, pero los delincuentes ya habían hecho lo mismo. Así que en cada nueva residencia el problema se repite: son un jugoso negocio para el crimen y el narcomenudeo e igual en Oaxaca, Veracruz, Tabasco, Morelos, Hidalgo, Sinaloa o Estado de México.

En Morelos (centro) células de “Los Zetas” y de los hermanos Beltrán Leyva se aliaron con policías locales para extorsionarlas: “Nos cobran 250 pesos a la semana (20 dólares) por dejarnos trabajar y no sabemos quiénes son, no nos dejan en paz”, denuncia “Rosario”, una sexoservidora del municipio de Cuautla.

“Estrella”, una veterana con 30 años en el oficio, lamenta que los narcotraficantes de hoy apunten sus ganancias a las adicciones de las prostitutas: en su mundo, cuatro de cada 10 sexoservidoras son drogadictas.

Ella misma escapó del vicio porque no se enganchó con la cocaína, dice, solo con el aguarrás. “Las jóvenes ahora son bien ‘piedreras’ y pierden todo: solo trabajan para comprar tres o cuatro piedritas al día. Dos de mis amigas de 20 años ya ni me reconocen y deambulan por las calles, flacas, sin carne, sin ropa interior”.

De esto nadie habla, dicen las trabajadoras sexuales, pero las “zonas de tolerancia” son también ya territorios del narco.

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